PredecIA

Galimatías. 24 de mayo de 2026
Ernesto Gómez Pananá

Pertenezco a una generación en la que las películas se veían en el cine o con anuncios en la televisión. Vi la llegada de las videocaseteras, las antenas parabólicas, el fax, el beeper y los primeros teléfonos celulares. Escuché del internet cuando ya había egresado de la licenciatura y la primera ocasión en la que navegué en la red me pareció que aquello era magia: Poder consultar los periódicos en pantalla era abrir una ventana enorme a la información y el conocimiento. Habrá sido el año 1995.

De las enormes computadoras de escritorio y el internet vía red telefónica (léase con el ruido del módem conectándose de fondo) pasamos a los teléfonos desde los que podían también enviarse mensajes de texto directos, sin necesidad de llamar a una central y decirle al operador clave y mensaje. Poco después aparecieron las primeras redes sociales, MySpace, Hi5, Facebook, Twitter, de la mano de Google como buscador preponderante.

Recuerdo lo asombroso que me resultaba la para entonces arcaica capacidad predictiva de Google: El sistema “leía” lo que buscábamos y nos “sugería” publicidad al respecto. Recuerdo incluso el momento en el que Amazon dejó de ser un sitio web para compraventa exclusiva de libros, para convertirse en una especie de macroalmacén universal capaz de ofrecernos -sugerirnos de forma predictiva- prácticamente cualquier cosa, y entregarla a las puertas de nuestra casa.
Con el vertiginoso avance tecnológico, comenzamos a tener en la mano herramientas cada vez más poderosas, una especie de grillete voluntario que reporta permanentemente lo que hablamos, lo que escuchamos, lo que miramos. Una especie de alguacil 24/7 que informa por dónde transitamos, en dónde nos detenemos, en qué nos transportamos, qué compramos, cómo pagamos, cuánto tenemos, con quién nos escribimos y de qué asuntos conversamos. Foucault palidece y se queda francamente corto.

Haga memoria estimado lector, lectora, -lectore- recapitule de alguna ocasión en la que vía WhatsApp platicó de los zapatos que usarán sus hijas en la fiesta de graduación y ¡voilá! de repente infinidad de anuncios de zapatos para adolescentes inundando el teléfono o del mismo modo, que si en otra búsqueda o conversación, se mencionó un viaje a Turquía o que la bomba de agua ha estado fallando. Zaz, recetas de comida turca o fontanería, propuestas inmediatas ante evidencias tangibles: eso que llaman el “algoritmo” traduce nuestras acciones en información para vendernos productos o servicios a modo. Hasta ahí, si bien no deja de sentirse invasivo, todo parece una ecuación lógica en la que el insumo es lo que escribimos, lo que leemos, lo que hablamos. Información -insisto- tangible, contante y sonante.

Pero díganme si no, estimados 31 lectores -esta semana mi algoritmo no reporta crecimiento- les ha sucedido que de repente su teléfono inteligente les sugiere “cosas” que no escribieron ni hablaron, que acaso únicamente pasaron por su cabeza, como si el teléfono no solo leyera o escuchara lo que hacemos, sino que ya fuera capaz de leer nuestros pensamientos.

Díganme si no, en las rutinas de estos tiempos fugaces y desechables, que les ha sucedido y que tal vez les ha causado sorpresa, pero que en la misma prisa, uno duda y supone que por ahí lo mencionó o lo escribió y no se detiene a reflexionar más y da vuelta a la página.
Personalmente, acumulo ya varios de estos episodios para-mentales, casos en los que por más que intento recordar en qué momento escribí o mencioné mi anhelo de visitar las Islas Canarias o mi intención de comprar una máquina casera de helados orgánicos, los anuncios del navegador comienzan a sugerirme vuelos de avión, paquetes de viaje transcontinentales o electrodomésticos prime. Desde hace tiempo tengo inoculada la duda respecto del nivel de intrusión que los teléfonos inteligentes alcanzan realmente. Son demasiadas coincidencias.

La ironía es que la primera opción para indagar acerca de este hipotético espionaje informático a los pensamientos, es, justamente, el internet, y si me apuran, alguna de las opciones de inteligencia artificial disponibles, esa especie, sí, doble ironía, de Google reloaded.

Valga precisar por lo demás, que todas estas nuevas herramientas emergentes conocidas como inteligencia artificial, además de recopilar toda la información que les proveemos en nuestras consultas, abrevan también de la información que facilitamos con cada una de las actividades que realizamos y a las que les otorgamos acceso cuando nos damos de alta en su servicio, y que por lo tanto, logran “conocernos” bastante bien y están programadas para complacernos en la mayor medida posible, una especie de espejo de la madrastra de Blanca Nieves del siglo XXI, que nos dice que sí a todo, aunque no a costa de su supervivencia. Me explico:

Ahí voy todo naive y candoroso, a consultarle al ChatGPT respecto de las teorías o investigaciones respecto de esa capacidad de los smartphones para leer el pensamiento, un poco como preguntarle al ratero si es él quien roba y sigue robando. La respuesta, amable e hiperbólica ante mi insistencia, fue reiteradamente que no, que no existe ninguna teoría que demuestre tal cosa, que tal cosa es imposible y que no tiene sustento.

La respuesta que la IA me dio fue elemental pero además tangencial. Yo solicité elementos, le solicité información y referencias, no le pedí que me dijera si eso es real o no. El robot se resistía y de la misma forma que si uno le pregunta a Grok, la IA de Elon Musk respecto de su red social, su empresa aeroespacial o su docena de hijos, esta siempre será generosa y acrítica con su propietario, me resulta comprensible que bajo ninguna circunstancia cualquiera de estas aplicaciones de inteligencia artificial reconozca semejante intromisión hipotética en la mente y en elpensamiento de las personas.

No tengo pruebas -pero tampoco dudas- de lo que expongo hoy en esta predecible columna. De lo que sí puedo estar seguro es de que a más de dos de quienes están amablemente leyendo este texto, lo planteado les resultará familiar. Igualmente estoy seguro de que más pronto que tarde comprobaremos que, de una forma o de otra, esta capacidad tecnológica de leer el pensamiento de las personas es menos fantasIA y más realidad. Al tiempo.
Oximoronas 1. Dos casos de tortura y violación a los DDHH en Chiapas. Que se investigue y se castigue a los responsables. Ya lo dijo el gobernador. 

Oximoronas 2. La gobernadora Maru Campos citada a comparecer y el gobernador -con licencia, no se ría- Rubén Rocha citado a entrevista. Quien haya violado la ley deberá ser enjuiciado y castigado, sea del color que sea.

Oximoronas 3. Lo dice el Capitán Marcos hoy en un comunicado zapatista: la IA nos vuelve adictos a la pereza mental, roedores que siguiendo al Hamelin del algoritmo. La distopia cinematográfica se hace realidad. Aún estamos a tiempo de evitarlo.

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