Leyenda Legendaria

Galimatías. 26 de abril de 2026
Ernesto Gómez Pananá

La palabra leer proviene del latín legere, que originalmente significaba recoger, escoger o reunir, como quien va juntando cosas dispersas; con el tiempo ese sentido físico se volvió más abstracto hasta referirse a recoger con la vista los signos escritos, es decir, interpretarlos, de modo que leer no es solo mirar letras sino elegir y construir significado a partir de fragmentos, una idea que comparte raíz con palabras como elegir o inteligencia, todas ligadas a ese acto esencial de discriminar, ordenar y comprender.

La semana reciente, el jueves 23, se conmemoró el día mundial del libro y el derecho de autor, el cual fue instituido en 1995 por la UNESCO como una estrategia para fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual. Desde entonces, la fecha se convirtió en una especie de ritual civil: una celebración del libro como objeto, pero también como acto, como gesto humano de transmisión de memoria y pensamiento.
Mucho antes de esta proclamación global, en España ya existía una tradición vinculada a esa fecha: en 1926, el rey Alfonso XIII firmó un decreto para celebrar el Día del Libro, impulsado por el editor valenciano Vicente Clavel Andrés, inicialmente el 7 de octubre (supuesto natalicio de Cervantes), pero en 1930 se trasladó al 23 de abril para hacerlo coincidir con la primavera y reforzar su carga simbólica. En Cataluña, además, la fecha se mezcló con la tradición de Día de Sant Jordi, donde se regalan libros y rosas, consolidando una práctica cultural que combina literatura y afecto.

En México tenemos también nuestro propio día nacional del libro y lo conmemoramos el 12 de noviembre, una fecha elegida en honor al nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz, figura central de la literatura novohispana y símbolo del pensamiento crítico y la defensa del conocimiento; la conmemoración fue instaurada oficialmente en 1979 por decreto presidencial, con el propósito de fomentar la lectura y fortalecer la industria editorial en el país, colocando en el centro no solo al libro como objeto cultural, sino como herramienta de formación intelectual y libertad.

Además de cosas de política o democracia, la lectura y los libros son temas recurrentes en esta su dominical columna. Leer es una afición que disfruto, y a partir de ella se desgranan otras aficiones significativas que, a propósito del pasado día 23, comparto en la columna de hoy.

Leo para encontrar párrafos, frases y palabras retadores, enriquecedores, ilustrativos, reflexivos, emocionantes, vertiginosos, épicos, o propios de cualquier otro adjetivo. Construcciones semántico-lingüísticas que evolucionan desde meras vocales y consonantes, a sílabas, de ahí a palabras y de ahí a enunciados, frases, párrafos, páginas, capítulos y volúmenes completos. Una delicia encontrar para saborear, subrayar, releer al instante y años después al abrir de nuevo ese volumen, encontrar nuevamente aquello que tiempo atrás llamó la atención y volver a disfrutar o recordar las razones que motivaron el subrayarlo. 

Pero se trata también del vértigo que provoca la entrada a una librería, acercarse a la mesa de “novedades”, mirar las portadas, tomar algún ejemplar, releer título, autor y editorial, leer la contraportada, asomarse a las solapas, luego al índice, y azarosamente detener la vista en algún párrafo para saber si hay o no amor a primera vista. 

Se trata del ritual de recorrer el lugar mesa a mesa, tomando aquellos que constituyen la selección preliminar. Se trata de, al terminar la inspección, tomar asiento y apilar los ejemplares en categorías y aplicar un filtro: 

Indispensable (me lo llevo sí o sí), Relevante-Necesario (lo puedo anotar en mi lista y lo pido por Amazon próximamente), Relevante-Puede esperar un poco (en la siguiente visita me lo llevo) y ParaTenerEnElectrónico (ejemplares de leer y descartar, ejemplares impagables o ejemplares no disponibles en físico).

Concluida la selección, sigue la tarea de determinar el total del capital monetario requerido para abandonar el sitio apertrechado de novedades de papel y tinta. Total, tanto. Pasar a caja, pagar y salir de ahí con el corazón acelerado y con la preocupación de saber que la vida no alcanzará para leer todo lo pendiente, abrumado por la montaña de cosas de las que no sé absolutamente nada (además, claro está, del álgebra y del derecho administrativo).

Mención aparte ameritan otras tres sub-aficiones libresco-lectoras ya con décadas operando en la mente TOC de este columnista dominguero:

La primera, libros que me gustan para mí pero que al decidir la compra, ameritan llevar otro para algún buen amigue específico. Obras que al verlas pienso: Esto le va a fascinar a fulane o esto debe leerlo zutane, debo llevarme dos, incluso tres.

Están también las obras de las que elijo llevarme dos porque son obras tan buenas que merecen compartirse, sabiendo que las circunstancias, más pronto que tarde, pondrán enfrente a su destinatario, en una equilibrada ecuación obra-lector. Una obra meritoria para un lector que sabrá apreciarla.

Y la otra arraigada afición: seleccionar -curar podría llamarle-, curar libros para mis hij@s: recorrer las mesas de libros infantiles y juveniles y elegir algo para poco a poco construir su biblioteca con títulos que les enriquezcan, les aporten y les transformen. Libros que les permitan elaborar significados y construir su historia. Pocos placeres mejores que este último.

No omito tampoco el deleite de seleccionar algún ejemplar para un ser querido: imaginar que le gustará, que lo disfrutará y tal vez atesorará y será una manera de estar presente con esa persona.

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