Primaria
Galimatías. 6 de septiembre de 2026
Ernesto Gómez Pananá
El lunes pasado, 31 de agosto, sonó la campana en poco más de 96 mil planteles de educación primaria en nuestro país y más de doce millones de niñas y niños iniciaron clases. Docenas, centenares, miles de corazones latiendo temerosos, felices, nerviosos, llevando a cuestas la mochila con útiles relucientes.
La memoria es un aparato tan mágicamente sorprendente que uno puede -me sucede a cada rato- olvidar el nombre de una persona que conoció antier o la ruta para llegar a un determinado lugar, pero recordar diáfanamente detalles de aquel primer día de clases en primero de primaria. Asombroso.
Acá, algunos trazos de esa primera jornada en la primaria Matías de Córdova, en septiembre del ya lejano 1978.
Serán algo así como las 7:55 am, ya estamos a unas cuadras. La escuela no queda cerca de casa pero es en la que me han podido inscribir.
Llevo uniforme consistente en pantalón formal gris, playera de color rojo, escudo bordado y zapatos negros. En mi caso unos espantosos zapatos negros ortopédicos que si bien me salvaron del daño físico-anatómico del pie plano, no me salvaron del daño psico-emocional inherente al uso de tan antifashionista calzado escolar.
A la espalda, colgada con gruesos tirantes, una mochila de piel, color ladrillo, de hebillas.
Ingreso al plantel, atravieso el patio exterior, -algo pasa- corro. Suena la chicharra y están cerrando la reja; con esfuerzos logro atravesar el mar de padres y madres que miran a sus críos entrar y consigo iniciar el año escolar con una espantosa equis. Agitado me dirijo al salón. “1ro B” dice en la entrada, lo sé porque me lo ha indicado la adulta en la puerta, no olvidemos estimados 29 lectores, que en ese momento del relato todavía no sé leer.
Al interior del salón, alrededor de 50 infantes (niños, niñas, en aquel entonces aún no se hablaba de niñes ni tampoco de therians). Nos acomodamos en mesas hexagonales. Algunos expectantes, otros retraídos. Todo el salón guarda silencio cuando la maestra toma la palabra. Habrá dicho algo así como: “Buenos días, niños, bienvenidos a su primer día de clases. Este es el salón del primer grado, grupo A, soy su maestra, mi nombre es Virginia Hernández Zenteno, soy la Profe. Vicky”
Acto seguido, toma el gis y en la parte alta de ese enorme pizarrón verde escribe la fecha: 4 de septiembre de 1978. “Niños, van a abrir su cuaderno y van a copiar la fecha de hoy”, indicó.
Todas caras nuevas, en mi caso solo conozco a mis primos Manuel y Alberto, con quienes hemos cursado el preescolar juntos. Empiezo a escuchar nombres nuevos, Lulú, Fernando, Estelita, Luis, Karina, Mechita, Julio, Alejandra, Enoch, Tere, Fabiola, Thalía, Xóchitl, Manuel, Daniela, Rosy, Karla, Marquitos, Martha, Mauricio, Andrea, Güigüis, Liliana, Nanys, Juan, Diana, Erick, Romeíto.
Inés, Paco, Inés, Robert, Belén, Sandra y otros más, también figuran, pero en el salón contiguo. El mío es el “A”, de “adelantados”, el de ellos es el “B”, ellos dicen que “B” de Buenos. Yo tengo otros datos.
Tal vez no ese primer día, pero para efectos de esta crónica lo narraré así, nos entregan los relucientes libros nuevos, Español ejercicios, Matemáticas, Ciencias naturales, Ciencias sociales, por siempre mi second best, y el fantástico y maravilloso ejemplar de “Español-Lecturas”, esa edición en la que -ya avanzado el año escolar- pude tener mi primer acercamiento a las letras mexicanas y continentales: Neruda, Martí (el cubano, no el del ISSSTE), Nervo, Sor Juana. Ahí leí y me maravillé también con el Maestro Juan José Arreola y el fragmento de su texto “La feria”. Benditos libros de texto gratuitos. Larga vida y auténticos expertos al frente.
Ahí también pude leer las rimas de Doña Blanca, Arroz con Leche, Aserrín Aserrán -y los Maderos de San Juan- o La Virgen de la cueva para después, poco antes de la mitad de la jornada, salir por primera vez al recreo, con dos pesos de gasto en la bolsa, un par de monedas gigantes con la imagen de José María Morelos de costado, para comprar un vaso de agua de naranja y un par de tostadas con mole en la cooperativa.
Extenuante jornada de cinco largas horas en esa nueva fase de la vida escolar, en la que conocí las llamadas “tareas para hacer en casa”, esa en la que no existían el internet ni tampoco el pan sin gluten pero sí el bullying, aunque no tenía ese nombre. El tiempo pasa, el mundo cambia. O tal vez todo es lo mismo y quienes cambiamos somos nosotros.
La vida era más simple.
Feliz regreso a clases.
Oximoronas 1. Coche bomba en Zacatecas. El gobernador Monreal confirma con entusiasmo el rumbo y el objetivo: disminuir la tasa de homocidios a 99 o menos. Hay chistes que si se tienen que explicar, dejan de parecer graciosos.
Oximoronas 2. Más allá de detalles finos, el informe presidencial y algunos otros dichos y hechos recientes, ponen en claro que es la presidenta quien dirige el país. Forma es fondo.
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