Migrar
Galimatías. 19 de julio de 2026
Como expresé hace un par de columnas, mi alfabetismo futbolero es elemental, casi básico, pero no obstante ello, resulta imposible no volver a escribir de fútbol este último domingo en el que el torneo planetario corporativo-extractivo-depredador concluye con una estampa por demás simbólica: España versus Argentina, Argentina versus España en un encuentro cargado de simbolismos que nos recuerdan nuestra condición humana.
Va pues, mi reflexión baloncística a propósito del encuentro:
Vaya potente singularidad de que hayan saltado a la cancha un jugador argentino de 39 años y otro de 19, que juega por España. Ambos jugadores de élite, ambos se formaron en el Club de Futbol Barcelona, uno fue estrella de ese equipo por muchos años, el otro está en camino de serlo también. Ambos usan el número 10 en su playera. El primero nacido en Rosario aunque de ascendencia italiana. Su apellido paterno, Messi, le viene de su bisabuelo, Angelo Messi, quien emigró en 1883 desde la región de Marche, en la costa adriática italiana, para desembarcar en Buenos Aires para terminar asentado en Rosario, atraído por la oferta laboral que como a él, atrajo a miles de familias pobres del sur de Italia hacia aquella tierra prometida en la que se garantizaba un mejor futuro.
Por la rama materna, su madre Celia María Cuccittini también desciende de inmigrantes italianos. El apellido Cuccittini procede también de la región de Marche. Su ancestro Raniero Coccettini emigró desde San Severino Marche.
Al final, como una gran proporción de los argentinos -y argentinas y argentines-, en las venas de Messi corre sangre migrante, al igual que en las del joven Lamine Yamal, la estrella afrohispana en ascenso que hoy juega su primer final de este torneo planetario de esferopedia.
Yamal también tiene una historia apasionante que comienza mucho antes de que pisara un estadio lleno. Es una historia de migraciones, de barrios obreros y de la mezcla de tres mundos: Europa, el Magreb y el África ecuatorial.
Nació el 13 de julio de 2007 en Esplugues de Llobregat, en el área metropolitana de Barcelona y sin embargo, sus raíces se extienden hacia dos extremos del continente africano. Su padre, Mounir Nasraoui, es originario de Larache, una ciudad costera del norte de Marruecos, nación de fuerte ascendencia hispana. Siendo muy joven, la pobreza lo obligó a emigrar a España, donde trabajó como pintor de edificios. Su madre, Sheila Ebana, nació en Bata, la principal ciudad de Guinea Ecuatorial, antigua colonia española en África central. Ella también emigró a Cataluña en busca de mejores oportunidades.
Mounir y Sheila vivieron una situación económica muy complicada antes del nacimiento de su hijo. Versiones reiteradas afirman que su primogénito tiene ese nombre en memoria de dos vecinos de corazón noble que en esos momentos difíciles les socorrieron con el pago del alquiler de su vivienda. Por eso Lamine Yamal no es un nombre artístico: son los dos nombres de pila que sus padres eligieron en agradecimiento a sus dos bienhechores.
Cuando Lamine tenía apenas tres años, sus padres se separaron, pero ambos permanecieron presentes en su crianza. Yamal pasó parte de su infancia con su madre en Granollers y otra parte con su padre en el mismo sitio donde creció, en Rocafonda, un barrio popular marcado por la convivencia de familias procedentes de Marruecos, África subsahariana, América Latina y otras regiones del mundo. Un chico hijo de migrantes que crece en un barrio multicultural.
Rocafonda dejó una huella profunda en la identidad de Lamine. El barrio tiene el código postal 08304, y de ahí surge el gesto con el que usualmente celebra sus goles, al formar con sus dedos el número 304. No es una ocurrencia para la televisión ni una campaña publicitaria. Es un homenaje al lugar donde creció y a la comunidad que lo vio convertirse en futbolista. La alusión de un joven multicultural a ese sitio multinacional en el que nació y creció.
Comenzó a jugar fútbol a los cuatro años. A los seis años ingresó a La Masia, la cantera del Barcelona F.C. que formó a figuras como Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sergio Busquets y Lionel Messi. Allí perfeccionó un talento extraordinario sin olvidar sus raíces.
Su historia refleja la transformación demográfica de la España contemporánea. Es hijo de dos grandes corrientes migratorias: la marroquí, hoy la comunidad extranjera más numerosa del país, y la guineoecuatoriana, mucho más pequeña, pero unida a España por su historia colonial y por el idioma español.
En Lamine Yamal convergen esas dos herencias africanas con una identidad plenamente española y catalana. Habla español y catalán, representa a la selección española y, al mismo tiempo, mantiene vivos los vínculos culturales con los orígenes de su familia.
Quizá por eso su historia trasciende el deporte. Lamine Yamal simboliza una nueva generación de europeos nacidos de la migración: jóvenes que no pertenecen a una sola tradición, sino a varias al mismo tiempo. En su biografía conviven Cataluña, Marruecos, Guinea Ecuatorial y Rocafonda. Más que una suma de identidades, es el retrato de una España que ha cambiado profundamente en apenas una generación. Tan español como cualquiera, tan migrante como tantos otros, tan supra fronteras como todos los millennials.
Tremenda coincidencia azarosa también la que permitiera que, cuando Messi tenía 19 años, participara en una campaña de UNICEF en la que aparece fotografiado junto a un bebé de pocos meses, un niño de piel morena que mira al frente mientras un sonriente Messi lo abraza. Ese niño era Lamine Yamal. Diecinueve años más tarde se enfrentan en la final del soccer planetario. Asombroso.
Oximoronas 1. La migración existe desde hace millones de años, ha existido y seguirá existiendo. Es parte de la condición humana. Hoy ganó un equipo español, en el que los hispanomigrantes son piezas clave.
Oximoronas 2. Los analistas, teóricos y expertos que dicen saber del tema, sostienen que en ocasiones es menor el costo de sostener lo podrido, que el de arrancarlo. Este diletante columnista tiene sus dudas. A veces lo necesario es la terapia de choque, así sea en los campos, o en el mar, en cualquier villa de América, eso es lo real, y no es derroche. A veces más vale un manazo que dure. Uno que suene.
Oximoronas 3. Me habría gustado ver a la presidenta Sheinbaum en la inauguración del torneo de marca registrada innombrable, pero pueden entenderse las razones para ausentarse. Celebro su asistencia al partido de clausura. Un gesto acertado que abona a amainar la crispación trumpiana. Lo menos por lo más.
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