Odisea artificial

Galimatías. 27 de julio de 2026
Ernesto Gómez Pananá

Las computadoras son, de forma acelerada y en planos más amplios, parte de nuestra cotidianidad desde hace tres o cuatro décadas, cuando junto con el internet, sentaron sus reales en la vida de los seres humanos. Como en una película -o en una novela-, las computadoras, han ganado poco a poco espacio en cuestiones que anteriormente se llevaban a cabo con “inteligencia natural”, o como sea que se defina a lo opuesto a lo que hemos dado en llamar “inteligencia artificial”. Las primeras computadoras que me tocó usar, se programaban en lenguaje “basic”, su pantalla era monocromática y usaban disco de 3 y media pulgadas, servían para llenar formatos, como procesadores de texto o para programaciones que hoy nos sonarían precarias. No tenían audio, ni wifi ni pantalla táctil. Eran una suerte de armatostes dotados de inteligencia pasiva y dependiente de la iniciativa humana.

Durante mucho tiempo imaginamos que el gran desafío de computadoras pensando por sí mismas -qué, si no eso, es la inteligencia artificial- pertenecía al futuro. Kubrick lo planteó en 2001: Odisea del espacio. Las hermanas Wachowski lo expandieron en The Matrix. Una inteligencia cada vez más poderosa, capaz de emanciparse de sus creadores y de alterar el destino de la humanidad.

No obstante, y para seguir con los paralelismos cinematográficos, pudiera ser que el verdadero origen de esta metáfora no se encuentra en el futuro, sino mucho más lejos, en el pasado más remoto; no en la ciencia ficción, sino, quién lo diría, en la mitología.
La inteligencia artificial, según este texto generado con mi muy humana y discreta “inteligencia natural”, se parece menos a HAL 9000 o a Matrix y mucho más al Caballo de Troya. Si. El de Ulises.

Aunque visto por encima parece simple, la verdad -natural y humana-, es que el mito de Troya no es meramente la historia de un engaño ingenioso y en realidad es la historia de una ciudad que se encontraba exhausta tras años de guerra, de un pueblo que deseaba desesperadamente que el conflicto terminara, y de una promesa de paz que llegó envuelta en madera.
El caballo no fue simplemente un artefacto. Fue una respuesta emocional colectiva: la necesidad de creer que la guerra había terminado, que el sufrimiento podía cerrarse de una vez por todas, que el futuro podía volver a ser habitable, que había esperanza. Y por eso es que funcionó.

Tuvo éxito no porque los troyanos fueran ingenuos, sino porque estaban cansados. Porque cuando se prolonga demasiado el dolor, la esperanza puede volverse una forma de vulnerabilidad, la puerta por la que el caballo ingresa sin encontrar resistencias.

La inteligencia artificial, la pieza más reciente en esta carrera cibernética que pareciera infinita, entra en nuestro mundo bajo una lógica similar. No se impone por la fuerza. Es astuta y más bien se ofrece como solución amable y facilitadora. Como alivio condescendiente. Como promesa de eficiencia sumisa, de abundancia obediente, de fidelidad en medio de la complejidad creciente. Es caballo de Troya, imponente regalo inofensivo que esconde su intención real.

Y, tal como Sinón presenta el caballo en las puertas de Troya y el rey Príamo lo acepta confiado, hoy día la llamada IA se introduce en nuestras vidas como un moderno artilugio griego de madera al que con descuidado candor le permitimos el paso a nuestros espacios más íntimos: en la educación, en la medicina, en la economía, en la administración de lo cotidiano y en la toma de decisiones que en otros tiempos considerábamos exclusivamente humanas. Creemos que su presencia es símbolo de paz, creemos que es un regalo inofensivo, sin dimensionar cabalmente sus alcances e intenciones -que aunque el chat GPT me insista que no tiene, tiene-.

El peligro no reside únicamente en lo que pueda haber dentro del caballo, sino en lo que proyectamos sobre él. En nuestra necesidad de creer que esta vez la solución será definitiva. Que esta vez el regalo no tendrá coste oculto y que la noble tarea de pensar la hará otro a cuenta nuestra.

En Troya, la caída no ocurrió en el momento en que el caballo cruzó las murallas, sino en el instante en que la ciudad decidió dejar de preguntarse qué significaba realmente ese gesto.

Quizá lo que nos corresponde hacer hoy, antes que alegrarnos del epopéyico avance que representa la inteligencia artificial, es cuestionar lo que este atractivo corcel cibernético trae dentro de sí. Así como a finales del siglo pasado, mucha de la tecnología de hoy era impensable, nada, ni el oráculo más poderoso podría asegurarnos que nuestra especie termine amarrada al fondo de una caverna, imaginando que las sombras que ve son la realidad. Para entonces habremos entregado el control del fuego voluntariamente.

Oximoronas 1. Ortega, el dictador, anuncia que no habrá más elecciones en Nicaragua. Tragedia: morir como verdugo de ti mismo sin saberlo. Morir como verdugo de tu pueblo. Sandino se retuerce en su tumba.
Oximoronas 2. Isaac del Toro, tercero en La Tour de France. Joven deportista que toca el Olimpo. Colosal. Nuestro Aquiles en ruedas.

Oximoronas 3. La columna de esta semana se inspira en la historia, real y también aterradora, de un experimento en el que una IA fue puesta a prueba en un entorno sin internet. La IA estableció que el internet era indispensable para resolver el desafío conectándose a un determinado servidor. Se metió en la grieta, tomó la información requerido y concluyó la prueba. Todo sin requerir del criterio humano. Por sí misma usó el fuego. Asombroso si. Espeluznante también.

Comentarios

Entradas populares