Diógenes
Galimatías. 23 de agosto de 2026
Ernesto Gómez Pananá
Uno de mis pasajes favoritos de la historia universal, relata la vida de un vagabundo de la antigua Grecia, uno que tenía por casa una especie de vasija gigante de cerámica, un píthos que los griegos usaban para guardar granos, aceite o vino.
Diógenes de Sinope -actualmente una ciudad perteneciente a Turquía-, caminaba por Atenas a plena luz del día con una lámpara en la mano, en la búsqueda, decía, de un hombre honesto.
En alguna ocasión, Alejandro Magno quiso conocerlo, lo buscó por toda Atenas y, al tenerlo enfrente, magnánimo ofreció concederle cualquier deseo por complicado que fuese. El vagabundo de Sinope respondió que deseaba que se le quitara de enfrente porque le tapaba el sol.
Diógenes es el padre de “los cínicos”, la escuela filosófica que despreciaba el dinero, las jerarquías, las apariencias y las convenciones sociales.
Los cínicos consideraban que buena parte de aquello que los seres humanos perseguimos —riqueza, reconocimiento, prestigio, poder— no era sino artificio. De esta escuela proviene la palabra “cinismo” que solemos utilizar actualmente. La ironía es que al paso de los siglos tomó un significado distinto.
El cínico moderno ya no es quien desprecia los lujos, el dinero o las jerarquías. Los cínicos de hoy son quienes desprecian el pudor con tal de conservar el poder.
El viernes pasado, Rubén Rocha Moya decidió regresar a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia.
No volvió sigilosamente ni con la modestia de quien carga sobre los hombros una crisis política de dimensiones nacionales. Volvió dispuesto a gobernar y a terminar su mandato.
Jurídicamente, en su derecho. Políticamente, una determinación cínica.
Rocha no regresó de unas vacaciones ni de una convalecencia. Rocha pretendió volver después de haberse separado del cargo en medio de gravísimos señalamientos provenientes de Estados Unidos y de una crisis que había convertido su permanencia en el gobierno en un problema no solamente para la ciudadanía y el gobierno sinaloenses, sino para Morena y para el gobierno federal. Preocupante si omitió consultar su decisión con sus referentes politicos, desde luego la presidenta y, puede entenderse, el expresidente que lo apoyó en su camino a gobernador. Más preocupante aún si consultó e ignoró la opinión de la presidenta Sheinbaum. Una decisión cínica.
Debe acotarse aquí que en la historia reciente de nuestro país, el periodo de democracia mínimamente funcional de los últimos treinta años, existen únicamente dos casos, igualmente cínicos y singulares, de un gobernador que se va y al corto tiempo regresa nuevamente al puesto: el primero es el de Jaime Rodríguez Calderón, patético y cínico -él también- personaje que pidió licencia como ejecutivo de Nuevo León para buscar la presidencia de México por la vía independiente. Al filo de los seis meses solicitados, retornó al cargo. Su ruta legal fue pulcra. Los meses posteriores a su regreso al cargo, un desastre político y administrativo. Su victoria en la elección estatal es la prueba contundente de que una entidad trabajadora y con buenas finanzas no es garantía de inteligencia ciudadana. La posterior victoria de Samuel García lo confirma.
El otro caso, igualmente cínico y patético ocurrió en Chiapas en 2018, cuando el insigne gobernador verde Manuel Velasco se autoincluyó como candidato a senador, renunció formalmente a su cargo como gobernador constitucional, nombró a un interino a modo, tomó protesta como senador constitucional, pidió licencia y regresó al gobierno de Chiapas, esta vez como gobernador sustituto, para terminar su periodo. Igualmente un desastre de proporciones colosales sólo comparables al cinismo de tan deplorable personaje.
Fuera de estos dos casos, en tiempos del partido de estado -me refiero al PRI- y en tiempos del PAN, cualquiera que pidió licencia no tuvo ruta para volver. La licencia era el mecanismo viable para administrar política y normativamente una salida, pero nunca un regreso, hasta este reciente intento vergonzante del señor Rocha Moya.
En esta columna se ha expresado en varias ocasiones anteriores que la presidenta merece colaboradores a su altura, eficientes y leales. Si bien un gobernador representa a un poder soberano y libre, el compromiso político es innegable, y el gobernador-gobernador con licencia de 6 meses-de nuevo gobernador-de nuevo gobernador con licencia indefinida- estiró la liga en exceso y tuvo que asumir las consecuencias.
La presidenta Claudia Sheinbaum dejó claro que no había hablado con Rocha sobre su regreso y cuestionó públicamente que el ejercicio del poder pudiera colocarse por encima de los principios. Morena tampoco salió a arropar entusiastamente al gobernador pródigo. Tampoco el diputado Monreal. Tampoco sus colegas gobernadores.
De pronto, el hombre que regresaba dispuesto a terminar su mandato descubrió que había regresado solo.
O peor: que sus compañeros habían movido discretamente las sillas.
Treinta y cuatro horas después, Rubén Rocha Moya volvió a solicitar licencia. Esta vez, indefinida.
Rocha fundamentó su decisión con una frase formidable: “Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo”.
Extraña revelación, porque Sinaloa, la nación y el movimiento ya estaban por encima de todo treinta y cuatro horas antes. Lo único que había cambiado era que, treinta y cuatro horas antes, Rocha Moya parecía creer que lo respaldaban, y aquí es donde el episodio permite observar nuevamente una de las características más fascinantes -por su cinismo- del poder político: su extraordinaria capacidad para convertir las derrotas en actos de generosidad.
Nadie es expulsado: antes bien, elige hacerse a un lado. Nadie pierde respaldo: antes bien, antepone la unidad del movimiento. Nadie es abandonado: antes bien, antepone el proyecto. Nadie se aferra al cargo: antes bien, escucha al pueblo.
Y cuando finalmente comprende que ya no puede quedarse, descubre súbitamente que siempre quiso irse.
Los antiguos cínicos renunciaban voluntariamente al poder, al dinero y al prestigio para demostrar que podían vivir sin ellos.
Nuestros cínicos hacen exactamente lo contrario: se aferran al poder hasta que el poder deja de aferrarse a ellos.
Diógenes buscaba con una lámpara a un hombre honesto.
Dos mil cuatrocientos años después quizá habría que modificar la búsqueda.
Encontrar a un político que, cuando pierde el poder, tenga al menos el pudor de admitir que lo perdió.
Estimados lectores, no olvidemos apagar la lámpara al salir. Su duración no es eterna.
Oximoronas 1. Se estrenó en Netflix “La captura”, una crónica puntual de la aprehensión definitiva de El Chapo Guzmán en Los Mochis. Dirigida por Chava Cartas. Cinco estrellas. Altamente recomendable. Imperdible.
Oximoronas 2. ¿Será que la luz de esta lámpara va a llegar hasta Miami?
Oximoronas 3. Lo dicho ya en varias ocasiones previas: vivimos tiempos inéditos y de pronóstico reservado, licencias, visas, palomitas. De todo esto habrá de emerger un mejor país y una mejor ciudadanía. Es una obligación colectiva.
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