Gavroche x 1000
Galimatías. 18 de octubre de 2026
Ernesto Gómez Pananá
Hace poco más de dos años, en julio de 2024, en esta columna dominical reseñé con emoción la apoteósica ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París. Liberté, Égalité, Fraternité, como premisas de aquello que nos hace humanos.
Pensar en Francia y en su raíz humanista es remitirse también a Víctor Hugo y su majestuoso retrato de la justicia y la rebeldía en las voces de Jean Valjean y su renacimiento; en Fantine, empujada a la miseria; en Cosette, víctima del abandono; en Javert y su infernal -y humano- conflicto interior y en Gavroche, el niño de las calles de París que muere entre las barricadas de la insurrección de 1832.
Publicada en 1862, Les Misérables retrata una epopeya sobre la pobreza, la injusticia, la redención y la rebelión de quienes descubren que la libertad, la igualdad y la fraternidad proclamadas por sus gobernantes no necesariamente alcanzan para llenar el estómago. Un retrato que hoy pareciera estar tan incómodamente vigente como hace dos siglos.
En julio de 2024, el río Sena se convirtió en escenario de una representación apoteósica que reivindicaba la pluralidad, la inclusión y la convivencia. La República francesa exhibía su mejor rostro ante miles de millones de espectadores. Una Francia en la que la historia y los ideales parecían haber encontrado reconciliación.
Dos años y tres meses después, las imágenes que llegan de Francia son radicalmente distintas. Ya no hay embarcaciones iluminadas navegando por el Sena; hay barricadas, incendios, enfrentamientos policiales y comercios saqueados. La música de la celebración olímpica ha sido sustituida por las consignas de estudiantes -ellos fueron quienes iniciaron las movilizaciones-, trabajadores y ciudadanos que protestan contra el encarecimiento de la vida, el deterioro de los servicios públicos y las políticas de austeridad del gobierno de Emmanuel Macron. Esto sin idealizar la protesta ni ignorar los excesos y los abusos de quienes aprovechan las protestas para destruir y saquear.
La paradoja resulta profunda y significativa: Francia, cuna de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, es la arena de la confrontación entre los derechos que proclama y las condiciones materiales en que viven sus habitantes. No es que la Francia de hoy sea aquella de Víctor Hugo, ni que sus manifestantes sean los personajes de su novela. Es que, bajo circunstancias históricas profundamente diferentes, reaparece una pregunta que la modernidad todavía no consigue responder satisfactoriamente: ¿de qué sirve proclamar la libertad, la igualdad y la fraternidad cuando una parte -¿la mayor parte?- de la sociedad se siente excluida, cuando sus jóvenes miran el futuro sin esperanza?
La contradicción no está solamente entre la Francia olímpica y la Francia de las protestas, sino entre su extraordinaria capacidad para representar los ideales republicanos y las dificultades para materializarlos de manera equitativa. El agotamiento del proyecto político de Macron, el desencanto de los jóvenes, las tensiones fiscales de un Estado de bienestar costoso y las disputas entre quienes exigen mayor protección social y quienes advierten sobre la insostenibilidad de las finanzas públicas forman parte de un conflicto mucho más profundo que las imágenes de las calles y quizá la pregunta más importante no sea por qué protestan los franceses, sino qué sucede cuando una sociedad conserva intactos sus grandes ideales, pero pierde la confianza en las instituciones encargadas de cumplirlos. Justicia. Libertad. Democracia.
Vive la France. Viva el espíritu de Gavroche que inspira a cada joven manifestante. Nunca más uno, dos, tres, mil Gavroches abandonados por su sociedad y sus gobernantes.
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