País chavorruco
Galimatías. 11 de octubre de 2026
Ernesto Gómez Pananá
En Chiapas, usamos el término Niño viejo para aludir a un adulto que eligió la soltería, no vive en pareja y tampoco tiene descendencia. En las familias tradicionales -y generalmente numerosas- de los años 70 y anteriores, podía encontrarse algún caso como este, mientras el resto de los hijos o hijas invariablemente formaba su propia familia y podía tener uno, dos, tres, cuatro o más hijos. Para la década de los años setenta, la tasa de fecundidad en nuestro país era de 6.53 hijos; para los años ochenta disminuyó a 4.74; a 3.44 para los noventa y para la década del 2020 se encontraba ya en 1.99. Menos de dos hijos por mujer en edad reproductiva, todo según fuentes gubernamentales en la materia.
El dato no es menor, no es aislado ni tampoco ajeno: las referencias familiares, amistosas o laborales nos hablan de personas que se mantienen solteras más allá de los treinta años de edad, personas que además, eligen no tener hijos o si acaso, eligen tener uno solo. Basta asomarse a cualquier primaria para confirmar la tendencia.
Durante décadas las autoridades nos repitieron la idea de que México era un país de jóvenes. La afirmación venía acompañada de un optimismo casi obligatorio: éramos una nación en crecimiento, con una población vigorosa, abundante mano de obra y con un porvenir en el que administraríamos la abundancia. El futuro parecía asegurado por una simple cuestión aritmética: éramos un país de jóvenes y había oportunidad para todos y todas. Lo que nadie explicó con claridad fue que esas oportunidades no aparecerían por generación espontánea.
Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, presentados recientemente por el INEGI, revelan que hoy, en México vivimos aproximadamente 130.9 millones de personas con una edad mediana de 32 años. En 1995 esa edad era de apenas 21 años. En 1995 podíamos ser un país de recién egresados de la educación superior. Hoy la mayoría la constituyen jóvenes adultos con urgencia de empleos consolidados que abonen también a su jubilación.
En tres décadas, la edad que divide a nuestra población en dos mitades aumentó once años. No significa que seamos una nación de ancianos, sino que estamos dejando atrás, progresivamente, aquella estructura demográfica dominada por la infancia y la juventud. La pirámide poblacional se asienta.
El dato podría parecer una simple curiosidad estadística. Sin embargo, encierra uno de los desafíos -si no es que contradicciones- más profundos del México contemporáneo: estamos envejeciendo sin haber alcanzado necesariamente el bienestar que durante décadas se prometió a las generaciones jóvenes.
Quienes nacimos en los años sesenta, setenta y ochenta escuchamos reiteradamente que el desarrollo estaba por llegar. Crecimos entre crisis económicas, devaluaciones, más crisis económicas, transformaciones políticas, más crisis económicas, reformas estructurales, más crisis económicas y sucesivas promesas de prosperidad. Fuimos testigos del agotamiento de un modelo económico, de la apertura comercial, de la alternancia política y de la revolución tecnológica. Se nos dijo que debíamos prepararnos para un mundo competitivo, estudiar, trabajar, adaptarnos y esperar los frutos de un progreso que beneficiaría a todos en cascada.
Hoy, muchos de aquellos jóvenes hemos rebasado los cincuenta, sesenta o más años. Algunos alcanzaron estabilidad y patrimonio; otros continuamos trabajando para sostener necesidades elementales. Millones han transitado una economía marcada por la informalidad, la insuficiencia salarial y las dificultades para acceder a vivienda, servicios de salud y mecanismos de retiro. No todos contamos la misma historia, pero el envejecimiento nos confronta con una pregunta común: ¿con qué recursos y bajo qué condiciones transcurrirán los años que aún nos quedan?
Durante mucho tiempo se habló del bono demográfico como una especie de premio que la naturaleza concedía a México. La abundancia de personas en edad productiva debía convertirse en crecimiento económico, desarrollo y bienestar. Pero resulta que aquel bono no era un cheque al portador ni tampoco sin fecha de expiración. Su aprovechamiento dependía de decisiones públicas, inversión, educación, productividad y oportunidades laborales. La demografía nos ofrecía una posibilidad, no una garantía.
Y aquí aparece una segunda contradicción. Mientras la sociedad mexicana avanza hacia una estructura demográfica más madura, nuestras instituciones no necesariamente muestran una evolución equivalente. La edad de una población puede medirse con precisión; la madurez de sus instituciones exige examinar su capacidad para anticipar problemas, sostener decisiones, administrar recursos y responder a las necesidades colectivas. Vaya reto: no convertirnos en _chavorrucos_ socialmente irresponsables e inmaduros.
Un país demográficamente adulto demanda políticas públicas que miren dos o tres décadas hacia adelante, con sistemas de salud preparados para atender enfermedades crónicas, mecanismos sostenibles de protección económica, ciudades accesibles, servicios de cuidados y oportunidades laborales que no excluyan a las personas por ya no ser jóvenes.
Sin embargo, la planeación gubernamental suele quedar subordinada a horizontes mucho más cortos. Los gobiernos cambian cada seis años; las administraciones municipales, cada tres. Las prioridades se modifican, los programas se transforman, los funcionarios se sustituyen y no pocas políticas públicas deben reconstruirse antes de consolidarse. La población envejece de manera continua, mientras las instituciones operan de manera discontinua.
La naturaleza no espera a que concluya un sexenio para modificar la pirámide poblacional. En su pendiente rodamos sin control.
No obstante lo complejo de envejecer como país, esto por sí mismo no representa una desgracia. Vivir más años constituye una conquista sanitaria y social. El problema comienza cuando esa conquista no encuentra eco en las condiciones materiales necesarias para disfrutarla. Una vida más larga puede significar décadas adicionales de autonomía, conocimiento y participación; también puede traducirse en más años de precariedad, enfermedad o dependencia. La diferencia no está únicamente en la biología, sino en la organización de la sociedad y la solidez de sus instituciones.
Tal vez allí resida una de nuestras grandes asignaturas pendientes. Hemos dedicado décadas a discutir quién debe gobernar, pero menos atención a cómo garantizar que determinadas responsabilidades del Estado trasciendan a quienes gobiernan. La salud, las pensiones, la educación, el empleo y los cuidados no pueden depender exclusivamente del entusiasmo o las prioridades de cada administración. Son compromisos que atraviesan generaciones.
El envejecimiento de nuestro país obliga, además, a revisar una idea profundamente arraigada: la de que la juventud representa el futuro y la vejez pertenece al pasado. Una sociedad longeva necesita reconocer que la experiencia también forma parte de su porvenir. Las personas mayores no son solamente destinatarias de asistencia o protección; son ciudadanos con capacidades, conocimientos, derechos y posibilidades de participación.
Quizá el cambio más significativo no esté en las cifras, sino en nuestra relación con el tiempo. Durante décadas pensamos que el futuro era un territorio lejano al que llegaríamos inevitablemente mejor preparados. Ahora descubrimos que el futuro también puede alcanzarnos sin que hayamos resuelto los problemas que prometimos superar, pero que, justo con la mirada madura de los adultos, junto al empuje de los más jóvenes, es posible consolidar un nuevo futuro para una sociedad que se transforma.
A mediados de los ochenta, en mi secundaria éramos 50 estudiantes por salón. Hoy, son menos de 40. Es una realidad: México está envejeciendo. Eso es un hecho demográfico. Que envejezca con dignidad, seguridad y bienestar será resultado de decisiones económicas, sociales e institucionales. Y ahí la biología deja de ser protagonista para cederle el escenario a la responsabilidad colectiva. A mi generación le tocó vivir en un mundo complejo. A nuestros hijos y nietos les espera un futuro aún más desafiante. Ciertamente es tarea del Estado, pero sin duda también de la ciudadanía. Que podamos ser adultos plenos y no chavorrucos decadentes. Que nuestras instituciones crezcan, se consoliden y no sean niñas viejas ni chavorrucas.
Oximoronas 1. El tucán canta cuatro años antes su tiro presidencial. Mercader de la política. Mercenario electoral. Serpiente emplumada, venenosa y perversa.
Oximoronas 2. Que la algarabía en el cielo permée. Que poco a poco la paz los inunde y los abrace querida y admirada Pilar.
Oximoronas 3. ¿Qué hace una nación con 1600 dientes en una fosa clandestina?
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