Sopa fría
Galimatías. 25 de octubre de 2026
Ernesto Gómez Pananá
31 de octubre de 1996. Después de largas negociaciones, los diputados del PRI, PAN, PRD y PT han alcanzado un acuerdo y designan a José Woldenberg como consejero presidente del Instituto Federal Electoral. El sociólogo, antiguo militante de izquierda y dirigente sindical universitario, recibe el respaldo de las principales fuerzas políticas del país.
La designación parece reunir las virtudes de la nueva democracia mexicana: pluralidad, negociación y consenso. Por primera vez, el gobierno federal deja de controlar la organización de las elecciones y un órgano autónomo asume la responsabilidad de garantizar la imparcialidad de los comicios.
Pero el pronóstico es erróneo: los medios poco a poco ventilan diversos vínculos del árbitro electoral y su familia con el PRI. Un primo ocupa una importante representación del gobierno federal, una sobrina dirige una empresa paraestatal y otro integrante de la familia tiene una curul legislativa. Woldenberg rechaza cualquier insinuación de parcialidad. Sus parientes, explica, tienen sus propias trayectorias políticas. No hay razón para juzgarlo por su árbol genealógico.
Apenas instalado en la presidencia, el nuevo consejero comienza a modificar las formas de conducción del Instituto. Atrás queda la sana distancia con el gobierno federal. Woldenberg visita al presidente de la República, procura una relación institucional menos ríspida y acepta reducir sus percepciones para no ganar más que el titular del Ejecutivo. Sus defensores celebran la distensión; sus críticos encuentran nuevas razones para sospechar de la independencia del árbitro.
Las diferencias tampoco tardan en manifestarse dentro del Consejo General. Los nombramientos de funcionarios ejecutivos provocan desacuerdos. La falta de consensos mantiene vacantes puestos estratégicos y abre una disputa por las facultades para designar a quienes administran el Instituto. Woldenberg se empecina en nombrarlos personalmente y sin consenso. Logra la modificación normativa y lo consigue.
Entre los funcionarios designados aparece un personaje que años atrás representaba los intereses comerciales de varias empresas proveedoras. Ahora ocupa la Dirección de Administración del IFE, una de las posiciones más delicadas del organismo pues es responsable de gestionar recursos públicos y participar en los procedimientos de contratación.
Otro nombre aparece en los registros: un colaborador cercano al presidente, contratado como su chofer, figura simultáneamente como apoderado legal de una empresa contratista. Woldenberg niega que el personaje desempeñe las funciones que le atribuyen los periodistas. Lo presenta como asistente especializado. Los consejeros se preguntan si ese cargo existe efectivamente en el tabulador vigente.
Las actividades del instituto obligan a gestiones mercantiles multimillonarias. Dos compañías participan en una licitación para suministrar materiales electorales. Ninguna cumple con los requisitos técnicos y el concurso es declarado desierto. Sin embargo, ambas terminan beneficiadas mediante una adjudicación directa cercana a los 195 millones de pesos.
Una de tales empresas es propiedad de una proveedora con quien Woldenberg se conoce desde décadas atrás. Dicha empresaria obtuvo contratos en la UNAM durante una etapa en la que el sociólogo desempeñó responsabilidades institucionales. Según las investigaciones periodísticas, Woldenberg intervino para favorecer sus intereses comerciales. El vínculo, por tanto, no comienza en el IFE y pareciera que se repite. El escenario es otro pero la
proveedora sigue encontrando oportunidades de negocio bajo el mismo padrinazgo. Pareciera un proyecto de largo plazo y con lealtad a prueba de cuestionamientos.
Con el paso de los meses, las cifras crecen. Las investigaciones periodísticas identifican una red de compañías vinculadas con un mismo grupo empresarial que acumula contratos por cientos de millones de pesos. Algunas aparecen compitiendo entre sí; otras reciben adjudicaciones y después transfieren cantidades millonarias a sociedades relacionadas. Se filtran incluso audios de la empresaria dando órdenes a funcionarios administrativos del instituto. Woldenberg lo niega y calla.
Pero los vínculos entre el presidente del IFE y su proveedora no se agotan en expedientes administrativos, contratos ni actas constitutivas.
También hay fiestas. Hay audios.
La Jornada y Proceso publican grabaciones que sugieren una relación mucho más personal entre la empresaria y el sociólogo. En una de ellas, la contratista habla de enviarle de comer a Woldenberg, pescado y sopa de fideos, se alcanza a escuchar que le ofrece. El detalle parece doméstico, casi trivial, pero añade otra pieza a una relación que hasta entonces se presenta como estrictamente comercial. La mujer que recibe contratos millonarios del instituto, también se ocupa de que al presidente del mismo no le falte qué comer.
En una celebración de cumpleaños de Woldenberg, aparece la misma empresaria. Las fotografías les muestran cercanos, se diría que cuasi íntimos. Según estas mismas filtraciones, la contratista también comparte mesa con quienes administran el dinero para comprarle millones en mercancía. Hay videos de Woldenberg y su equipo cercano en convivios con la referida contratista.
La historia adquiere una dimensión de escándalo internacional cuando comienzan a circular videos grabados en París.
Al interior de una habitación de uno de los hoteles más caros de París, la hija de Woldenberg comparte una botella de champaña con la empresaria que le muestra la majestuosidad de la Ciudad Luz. La proveedora señala los monumentos a la joven y, con la familiaridad de quien se siente en familia, exclama: «¡París a tus pies, chamaquita!».
Según el reportaje, una noche en aquella suite cuesta alrededor de 200 mil pesos mexicanos.
No se acredita quién paga el viaje ni si aquella convivencia implica algún beneficio indebido. Pero las imágenes, sumadas a las fotografías de las fiestas y a las conversaciones filtradas, muestran una familiaridad que difícilmente puede confundirse con la de una empresaria que acude ocasionalmente a entregar cajas, mamparas y documentación electoral.
El escándalo ya no se limita a los contratos. Ahora alcanza la intimidad del consejero presidente, sus relaciones personales y su entorno familiar.
La autoridad investiga a siete empresas más. Las pesquisas incluyen presunta simulación de competencia, triangulación de recursos y operaciones con compañías factureras. Docenas de cuentas bancarias son congeladas y otras más permanecen bloqueadas.
Los contratos bajo sospecha superan los 500 millones de pesos.
Woldenberg sale a defender su administración. Niega que existan empresas favoritas, asegura que los procedimientos de contratación son legales y sostiene que la presidencia del Instituto no interviene directamente en las decisiones técnicas de adjudicación. Afirma ser un hombre honesto y sencillo que no ambiciona riquezas y se conforma con muy poco. Se asume incluso ofendido y desafiante. Las acusaciones forman parte de una estrategia para desacreditarlo, sostiene.
Desde el gobierno federal se exige transparencia. En el Congreso, legisladores de distintas fuerzas solicitan investigaciones y comienzan a cuestionar las facultades administrativas que se concentran en la presidencia del Instituto. Incluso dentro del Consejo General surgen inquietudes sobre la necesidad de esclarecer las contrataciones.
Woldenberg anuncia relevos en las áreas ejecutivas y administrativas. Ofrece colaborar con las autoridades fiscalizadoras y entregar al órgano interno de control los antecedentes de las operaciones cuestionadas.
Ninguna autoridad judicial lo declara culpable. Las investigaciones siguen abiertas y las responsabilidades individuales están pendientes de determinarse.
Entretanto, el Instituto Federal Electoral continúa preparando los procesos electorales, administrando recursos públicos y convocando a los ciudadanos a confiar en la imparcialidad de sus decisiones.
José Woldenberg sigue ocupando la presidencia del organismo que nace de una larga batalla para garantizar que los votos se cuenten limpiamente, que las reglas sean iguales para todos y que ningún interés particular pueda imponerse sobre la voluntad ciudadana. Su permanencia en el cargo se ve frágil.
El presidente Ernesto Zedillo considera que los hechos conocidos son incorrectos, pide que se investiguen y sostiene que la decisión de renunciar corresponde exclusivamente a Woldenberg. Desde la Cámara de Diputados, su presidente desaprueba las irregularidades denunciadas y exige esclarecerlas. Por su parte, la Auditoría Superior de la Federación confirma que investiga los contratos, los posibles conflictos de interés y el destino de los recursos públicos.
El hombre que llega a la presidencia gracias al consenso de los partidos enfrenta ahora una sucesión de expedientes, fotografías, videos y contratos que en pocas semanas se han convertido en una gigantesca bola de nieve que las autoridades deben esclarecer. El escenario completo asemeja menos a un drama perverso que a una comedia de torpezas con un candoroso protagonista encandilado.
Y mientras el árbitro insiste en afirmar que no tiene proveedores favoritos y que lo que toca es esperar a que las cosas se enfríen. Y ya después organizar el recalentado. De la sopita de fideos.
Oximoronas 1. Presidenciales en Brasil. A ojos cerrados preferible Lula. El futuro en manos de los votantes cariocas. Tendrán lo que elijan. Tendrán lo que merezcan.
Oximoronas 2. En “Mujeres de ojos grandes”, Ángeles Mastretta relata con feroz contundencia el modo en que la tía Daniela se enamoró: “como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota”.
Oximoronas 3. Ufff. Qué pinche sueño, como diría don Artemio Rojas Mandujano. Que el INE siga siendo aquello que soñamos que debía ser. Costó sangre. Costó vidas. No arrumbemos esa historia en una caja de cartón.
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