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Galimatías. 27 de septiembre de 2026
Ernesto Gómez Pananá
Son tiempos de abstracción digital, en los restaurantes, en las reuniones familiares, en el transporte público, incluso caminando en las calles, uno observa a la gente hipnotizada, con la mirada en la pantalla del teléfono que hoy es todo menos teléfono.
“En mis tiempos”, recuerdo cuando mi padre recomendaba leer todo lo que le cayera a uno en las manos. Supongo lo aprendí a pies juntillas: leía los ingredientes del cereal en el desayuno, los legales de cualquier publicación, la etiqueta del suéter nuevo o la parte trasera del recibo de luz. Y no es pretensión, estimados 32 lectores. Solo expreso públicamente mi manía.
Por lo demás, debo mencionar que leer esa clase de curiosidades resulta interesante -inútilmente interesante dirán algunos- porque gracias a ello es posible enterarse de que el jarabe para la tos es producido en España, que el libro fue impreso en China, que el queso no es queso o que la caja de la pizza está fabricada con cartón reciclado. En fin.
Pero a la par de que leer me provoca curiosidad, el otro asunto que no solo me causa curiosidad sino una intensa sensación de asombro e interés es ver personas leyendo o con un libro en la mano. Uno que -infiero- llevan consigo, eligen llevarlo consigo, porque en algún momento harán una pausa o aprovecharán un tiempo muerto para leerlo.
En el transporte público, en las salas de aeropuertos o terminales de autobuses, es cada vez menos frecuente encontrarse a estos lectores ortodoxos-tradicionalistas. Son una especie de seres con números en franca tendencia a la baja, prófugos textuales, desplazados digitales, víctimas de la tinta electrónica y la imagen.
Pero vuelvo al punto, estimados lectores -lectoras y lectoros- digitales de esta ortodoxa y cuasi arcaica columna dominical. Voy a la anécdota que motiva esta apología lecturesca.
Resulta, pues, que encontrábame yo de camino al trabajo a bordo de un vagón del metro. Saturación moderada. De pie. A tiro de vista observo a un joven de unos 25-28 años, trajeado, con audífonos. Observo que lee atentamente el libro que trae en las manos. Desde el ángulo en el que me encuentro, alcanzo a distinguir la portada: se trata de Tokyo blues de Murakami. Me asaltan el asombro y la curiosidad referidas líneas arriba. Me intriga saber las razones que motivan a la gente -a este joven lector, para el caso-, me dan ganas de hablarle, de preguntarle qué opina de su lectura, de qué trata, qué opina del autor, si acaso ha leído mas obra del mismo o qué más le gusta leer. Me dan ganas de felicitarle y hasta darle un abrazo. No lo hice. No lo hago. Nunca lo he hecho. Lo único que hago es seguir atento a su concentrada lectura.
De pronto, en una parada de estación, movimiento de pasajeros, el asiento contiguo al lector en comento queda vacío. Alguien más se sienta. Otro joven, edad similar, menor estatura, barba, camisa informal, bermudas. También usa audífonos. Coloca a sus pies la mochila que trae consigo, de un movimiento abre el cierre y saca un libro. Dios. Un libro. Otro pasajero que se dispone a leer con el método tradicional-ortodoxo de la lectura física en papel. Vaya suceso. Mi emoción es genuinamente doble. Sonrio secretamente.
Pero resulta que la sorpresa no es solo doble sino triple o cuádruple. Me reacomodo a fin de identificar la lectura de este -él sin saberlo- nuevo protagonista de mi relato dominical. Veo que abre su ejemplar como a la mitad, señal de que tiene ya una _relación formal_ con su lectura y, sujétense por favor, estimados treinta y tantos lectores que han llegado hasta aquí, descubro que en el infinito universo del azar, las casualidades y la serendipia, ambos lectores sentados uno junto al otro, leen cada uno su propio ejemplar -ediciones diferentes valga precisar- del mismo texto de Murakami. Ambos leen la historia de Toru, Kizuki, Naoko y Midori, ambos leen Tokyo blues. Yo no sé usted, estimado lector, lectora, lectoro. A mí me ha parecido un suceso profundamente emotivo y emocionante. Casi como leer el empaque del champú con fragancia de manzana y descubrir que es el mismo que da esencia a las galletas y al yogurth con ese mismo sabor.
Llegué a mi estación destino. No abordé a los lectores y me guardé mi felicitación y mis preguntas. Solo registré una imagen para dar fe de mi inútilperoafortunadaanécdota.
Oximoronas 1. Nos siguen faltando 43.
Oximoronas 2. ¿Cuánta indiferencia y cuánta crueldad hacen falta para reunir mil doscientos dientecitos de leche? ¿En qué momento nos convertimos en esto?
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