Addictus
Galimatías. 20 de septiembre de 2026
Ernesto Gómez Pananá
La palabra “adicción” proviene del latín addictio, -ōnis: «adjudicación», «entrega» o «asignación».
Su raíz es addicere: ad- = «hacia», dicere = «decir», y en contexto jurídico, «adjudicar»
addicere = «adjudicar», «entregar»
addictus = «adjudicado», «entregado», «sometido a».
En el derecho romano, addictus podía designar al deudor que, por decisión judicial, quedaba entregado a su acreedor.
De ahí evolucionó el sentido figurado: alguien «entregado» o «sometido» a algo, alguien «entregado» o «adjudicado» a algo.
Con frecuencia, los conceptos “adicción” y “adicto” refieren condiciones clínicas relacionadas con dependencia de sustancias perjudiciales para el organismo: adicción a la heroína, la marihuana, las metanfetaminas o el cada vez más frecuente fentanilo. Todas ellas, adicciones socialmente señaladas y legalmente penadas -la marihuana tal vez un poco menos-.
Aunado a ello, en el mundo occidental coexisten también adicciones -conductas susceptibles de convertirse en adicciones- como el tabaco o el alcohol pero que son socialmente aceptadas, o aquellas que están en el límite hacia lo ilegal o socialmente condenado, como la adicción a la pornografía o a los juegos de azar. Poco menos conocida o reconocida, puede ser la adicción al azúcar y los carbohidratos, esa que de un modo o de otro suele desembocar en enfermedades crónicodegenerativas que generan enormes costos financieros a la salud pública y a las familias de los pacientes, y que cobran millones de vidas cada año en el planeta.
A estas alturas del texto, creo que es claro que la definición de “adicción” a la que aludo, se permite la licencia de ampliar la definición rigurosa establecida por la Organización Mundial de la Salud y su Clasificación Internacional de Enfermedades. Mi intención en este domingo post patrio, es reflexionar acerca de otra adicción humana que mueve a millones de personas -y no, no me refiero al sexo ni a las redes sociales-.
Pensar en el poder político con la lógica de la adicción nos desnuda como seres humanos: desde los tiempos del imperio romano o la Grecia clásica y hasta el día de hoy, el poder se ambiciona, se busca por la satisfacción que provee. Y no necesariamente con dinero.
El poder recompensa con obediencia, atención, deferencia, acceso, privilegios, capacidad de decisión y, quizá lo más potente, con la experiencia cotidiana de modificar la realidad de otros.
El poder es un instrumento: se busca el cargo porque permite hacer algo: gobernar, transformar, decidir, ejecutar un proyecto. El poder todavía tiene una finalidad exterior a sí mismo.
Pero después aparece otra recompensa que no es menor porque representa una alta dosis de dopamina: el poder de ser quien decide.
La gente espera. Escucha. Solicita. Consulta. Obedece. Una llamada abre una puerta que antes permanecía cerrada. La agenda propia modifica las agendas ajenas. La palabra adquiere consecuencias. El individuo descubre algo extraordinariamente seductor: su voluntad pesa.
Y ahí puede producirse una transformación fundamental: ya no solamente se ejerce el poder para conseguir algo. Se empieza a necesitar el poder para seguir siendo alguien. El cargo comienza a mezclarse con la identidad.
Dejo de ser una persona que temporalmente ocupa una posición de poder y comienzo a percibirme como la persona que soy porque ocupa esa posición.
Entonces perder el poder ya no significa únicamente perder un cargo, una elección o una responsabilidad pública. Puede significar perder deferencia, centralidad, información, reconocimiento, séquito, capacidad de intervención y una determinada imagen de uno mismo. Es como entrar en abstinencia forzada.
En una dependencia, la recompensa inicial puede transformarse progresivamente en necesidad de evitar el malestar. Con el poder ocurre algo metafóricamente semejante:
Primero produce placer ejercerlo; después puede producir angustia imaginarse sin él.
Por eso quizá el síntoma más revelador no sea cuánto disfruta alguien teniendo poder, sino qué está dispuesto a hacer para no perderlo: modificar reglas. Eliminar contrapesos. Rodearse únicamente de personas que confirman sus decisiones. Convertir colaboradores en incondicionales. Interpretar la crítica como deslealtad.
Y volvemos inevitablemente a addictus: el entregado, y la ironía es formidable: quien aparentemente posee más capacidad para disponer sobre los demás puede terminar dependiendo profundamente de aquello que le permite disponer sobre ellos.
El problema ya no sería entonces que una persona tenga poder.
Sería que el poder termine teniéndola a ella.
Cientos, quizás miles de personas dispuestas a prácticamente cualquier cosa con tal de obtener poder. Mismos cientos o miles que no alcanzan a dimensionar que más temprano o más tarde, el poder es una adicción voraz e insaciable que termina aniquilando a quien creía tener el control sobre ella. Una suerte de condición trágica de la vida.
Oximoronas 1. El año próximo, se disputarán 3,835 posiciones políticas de esas que causan adicción, esto si hablamos de diputaciones propietarias. Si consideramos regidurías y suplencias, el número crece a alrededor de 20 mil posiciones. Tendremos más de 180 mil aspirantes, aspirantas y aspirantos inundando el país con su genio creativo y sus propuestas. De la ciudadanía depende el alimentar tal adicción.
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